DESCRIPCIÓN DEL INFIERNO (y II)

San Antonio María Claret

No hay alivio

Imaginemos un lugar del infierno donde hay tres malvados.

El primero está sumergido en un lago de fuego sulfúrico; el segundo está encadenado a una gran roca y está siendo atormentado por dos demonios, uno de los cuales constantemente le arroja plomo derretido por su garganta, mientras el otro se lo derrama encima de todo su cuerpo, cubriéndole desde la cabeza a los pies.

El tercer réprobo está siendo torturado por dos serpientes, una de las cuales le envuelve su cuerpo y lo muerde cruelmente, mientras la otra entra a su cuerpo y le ataca el corazón.
Supongamos que Dios se apiada de él y le concede un corto respiro.

El primer hombre, luego de haber pasado mil años, se le remueve del lago y recibe el alivio de tomar agua fría, y luego de pasar una hora es arrojado nuevamente al lago.

El segundo, luego de mil años de tormento, es removido de su lugar y se le permite descansar; pero luego de una hora se le arroja nuevamente al mismo tormento.

El tercero, luego de mil años se ve librado de las serpientes; pero al cabo de una hora de alivio, nuevamente es abusado y atormentado por ellas.

¡Ah, cuán limitada sería esta consolación — sufrir por mil años para descansar sólo por una hora!

Ahora bien, el infierno ni siquiera tiene este alivio. Uno se quema siempre en esas llamas espantosas y nunca recibe ningún alivio en toda la eternidad.

El condenado es mordido y herido con remordimiento, y nunca tendrá un descanso en toda la eternidad.

Siempre sufrirá una sed muy ardiente y nunca recibirá el refresco de un poco de agua en toda la eternidad.

Siempre se verá a sí mismo aborrecido de Dios y nunca podrá recibir la alegría de una simple mirada de ternura de Dios por toda la eternidad.

El condenado se encontrará siempre maldito por el cielo y el infierno, y nunca recibirá un simple gesto de amistad. Es una de las desgracias esenciales del infierno que todo tormento será sin alivio, sin remedio, sin interrupción, sin final, eterno.

La bondad de su misericordia

Ahora ya comprendo en parte, ¡oh mi Dios!, lo que es el infierno.

Es un lugar de tormentos extremos, de desesperanza extrema.

Es donde merezco estar por causa de mis pecados, donde ya estaría confinado por varios años si tu inmensa misericordia no me hubiese librado.

Repetiré mil veces:

El Corazón de Jesús me ha amado, o de lo contrario ¡ahora estaría en el infierno! La misericordia de Jesús ha tenido compasión de mí, porque de lo contrario ¡ahora estaría en el infierno!

La Sangre de Jesús me ha reconciliado con el Padre Celestial, o mi morada sería el infierno. Este es el himno que quisiera cantarte a Ti, mi Dios, por toda la eternidad.
Sí, de ahora en adelante, mi intención es repetir estas palabras tantas veces como momentos pasen desde esa infortunada hora en que te ofendí por primera vez.

¿Cuál ha sido mi gratitud para Dios por la bondadosa misericordia que me ha mostrado?
Él me libró del infierno.

¡Oh, inmensa caridad! ¡Oh, infinita bondad! Después de un beneficio tan grande, ¿no debería darle a Él todo mi corazón y amarlo con el amor del más ardiente serafín? ¿No debería dirigir todas mis acciones hacia Él, y en cada cosa buscar solamente complacer la voluntad divina, aceptando todas las contradicciones con alegría, de manera que pueda devolverle mi amor? ¿Podría hacer algo menos que eso después de una bondad tan grande?

¡Oh, ingratitud, merecedora de otro infierno! ¡Te eché a un lado, Dios mío!

Reaccioné a tu misericordia cometiendo nuevos pecados y ofensas. Sé que he hecho mal, ¡oh, Dios mío!, y me arrepiento con todo mi corazón.

¡Ah, si pudiera derramar un mar de lágrimas por tan ofensiva ingratitud!
Oh Jesús, ten misericordia de mí, pues ahora resuelvo mejor sufrir mil muertes que ofenderte nuevamente.

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